Las niñas y los niños de ayer, las mujeres y los hombres de hoy que siguen cantando a coro a Manuelita que vivía en Pehuajó tienen una pena infinita. Esas voces ahora se quiebran y por la congoja desafinan cuando intentan decir la tortuga ... se marchó!“¡Qué de campanas en la sangre siento
cada vez que me olvido de la muerte!
Pero sucede que ella no me olvida”.
Estos versos, pletóricos de exquisito dolor adolescente, pertenecen al primer libro que publicó María
Elena Walsh, Otoño imperdonable, en 1947


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